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Una bendición de Maria

En el trasfondo del alma,

 desde chispa invisible, brilla el amor.

La vida está hecha de ciclos, días y noches.

 A veces un viento sopla  que entierra

 bajo cenizas la chispa.

En  mitad de mi vida, en la quietud del alma,

 busco manera congruente de reavivar

la chispa de la vida.

Con pureza de intención,

 en el parpadeo de un santo instante,

 recobro mi sabiduria.

 Yo pertenezco a la Orden de Melquisedec

  (Alto Ser quien bendijo a Abraham)

  Este es un voto que he tomado: un voto de ayudar

en la sanacion de nuestro mundo.  

 Tambien camino tras los senderos espirituales

de la  Magdalena, en este planeta viviente,

 hoy en transformacion.

La sanación de nuestro  planeta

necesita  acontecer dentro de nosotros.

 Yo, fuente y semilla, ya madura,

completa, despierta y consciente,

 dejo atrás las inconsistentes vías de la juventud.

 Sé que el amor empieza  en nuestro interior.

 Los seres humanos somos  hijos e hijas de Dios.

*  *  *  *  *

In Zeitoun, Egipto, en 1992, María, la madre,

se transfiguró delante de mis ojos. En la matriz entera de mi vida, ese momento fuera del tiempo sostiene mi alma.

 Yo viajaba con otros 129 miembros de la orden de Melquisedec,

 en un grupo llamado “Visiones del Mañana”,

 iniciado en los años 70 por Daniel Chesbro,

 un iluminado americano.

Estábamos orando en antiguos templos,

 entonando Nombres Santos para sanar la tierra.

De esa manera llegué, con toda la devoción de mi alma

 a los pies de María, Madre de Cristo, en Zeitoun, Egipto,

 en 1992.

 Zeitoun es un suburbio de El Cairo.

Tomé un taxi para que nos llevara a cinco de nosotros

a la iglesia de Santa María;

 nos esperara y regresará con nosotros.

 Le dimos al chofer instrucciones escritas porque él no hablaba inglés. Llegamos a una capillita, en una antigua y estrecha calle,

llena de ruido.

 Azafrán, naranjas, enormes bandejas de delgado pan fresco

 y canastas con rojas hierbas mezcladas para un té medicinal

 eran llevadas sobre las cabezas.

 El viejo barrio estaba perfumado con los aromas del mercado;

el ajetreo y el olor de la vida diaria egipcia.

Atravesando un pequeño patio amurallado,

 llegamos al santuario de la pequeña iglesia silenciosa.

 Cinco peregrinos occidentales, eons de búsqueda.

 Entre nosotros hablábamos varios dialectos espirituales.

Yo era la única que había crecido como católica

 en América del Sur.

 (Todas las previas torres de Babel, todas las confusiones religiosas

 de nuestro mundo están desmoronándose finalmente

en los corazones de muchos como pretéritos

 y obsoletos muros de Berlín)

 ¡Los cinco éramos miembros de la orden de Melquisedec!

 Tiempos de transición,  tiempos de despertar!

Portales de conciencia descienden ahora,

 como auroras, sobre la tierra.

 Éste fue el día de mi bendición personal en esta vida.

 Mi alma lo sabía. Había recorrido medio mundo para llegar aquí. Anticipación y amor me inundaban. Temblaba.

 Desde la calle sentia corrientes transformadoras

 que penetraban mi cuerpo.

 Al entrar en la iglesia, el amor vibraba en mí,

 temblones exultantes pulsaban en mi carne

con ascendiente vibración.

 Mi completa peregrinación a Egipto

 estaba conectada intrínsecamente con la llamada

 para visitar esta iglesia de Santa María en Zeitoun.

 Sobre la cúpula de esta iglesia, María había aparecido

 envuelta en luz blancoazulada, caminando

 y levantando sus manos para bendecir

 grandes multitudes de cristianos y musulmanes

que se reunían en la calle para recibir su bendición

 cada domingo, durante tres años, de 1968 a 1971.

 Antes de cada aparición, cinco palomas de luz

 se hacían visibles en el cielo.

 Yo había visto fotografías de los eventos de este fenómeno celestial,

 en “Fatima Prophesy, Days  of Darkness,

Promise of Light”

Estaba llegando llena de respeto a un lugar muy sagrado,

donde la santisima, suprema, femenina y divina María,

 Madre de Cristo, durante mi vida se había manifestado.

 En mi interior, hallé el  sagrado espacio

donde María puede aparecer.

 Investida con el llamado interno de mi alma;

entré llena de plegaria a la pequeña iglesia.

 Una estatua de tamaño natural de María Inmaculada,

llena de trémula belleza, estaba en la nave central.

 La estatua estaba a pocos pies frente del altar principal.

 Las iglesias, con frecuencia, reproducen la forma de la cruz.

 Estaba la estatua en un pedestal, en todo el centro de la cruz;

 una estatua pura, con las manos juntas sobre el corazón,

 el lugar central del amor.

 A su izquierda estaba expuesta en un altar lateral,

la Santa Eucaristía.

  Mi amigo Tim, aunque nunca ha sido católico,

sintiendo las energías,

 se arrodilló en profunda oración frente a la Santa Euaristia.

  Yo permanecí de pie, a unos pocos pasos de la entrada.

A mi lado, un cartel moderno decía en francés:

 “Cristo es el Pan de la Vida”.

 Detrás de la estatua estaba el altar central para la misa:

 una mesa baja, de mármol, con un blanco lienzo de lino.

 Detrás de este altar, que siguiendo la costumbre moderna ha descendido para acercarse a la congregación,

 había una bóveda circular donde estaban otras estatuas.

 En la pared de esa bóveda, en ligeras sombras de turquesa,

 con algunos tonos de magenta,  una simple cruz, la cruz cóptica, enmarcada en circulo, se replicaba una y otra vez,

dentro de formas hexagonales que proyectaban

 sobre toda la capilla matices angelicales.

  En un fulgurante instante, recogí todas estas impresiones,

 mientras entraba a la iglesia,

 frente a María (que estaba frente a mí).

 Dos amigas que estaban junto a mí, se arrodillaron en el suelo

para rezar. Yo permanecí de pie porque

una completa inmovilidad se había apoderado de mí.

 Cerré mis ojos, en plegaria, con el infinito fervor

 que había descendido a mi alma.

 Mis amigas también sentían devoción absoluta.

Una de ellas se postró en el suelo al estilo tibetano.

 Después de un santo momento de salutación,

abrí mis ojos para mirar a María.

 Entonces fue cuando ella comenzó a transfigurarse:

 temblando, respirando con su pecho agitándose

como un sensitivo, vulnerable y sensible ser amante y viviente,

 con un ritmo, un pulso,

 un algo que irradiaba vida y amor. 

Yo permanecía inmóvil, fija, mientras María continuaba respirando.

 Su respiración tenía enorme importancia porque era conciencia, información, vida codificada.

 Yo respiraba con ella, conciente respiración,

 pues ella estaba enseñándome a respirar.

  María se transformó de estatua a carne,

 como una bella doncella que iluminaba amorosamente

 todo el espacio.

 De 17 años, del Oriente Medio y cabellos oscuros.

Yo había sido, por varias décadas, una profesora de yoga,

 que enseñaba a respirar concientemente.

 ¡Tratando de aprender!

María, respirando, era una encarnación de perfecta pureza:

 un perfecto ser amante y viviente.

 Con su respiración, una pulsación de luz y vida

comenzó a emanar de la estatua que ahora se animaba.

 Del interior de la inefable María, Madre de Cristo,

fluía un cuerpo de luz enmarcando su cuerpo viviente.

 Alas de arcángel emanaron del centro de su corazón,

 expandiéndose en todas las direcciones y llenado la iglesia

 de luz celestial.

 María Eloheinu era una plegaria

o sagrado mantra, un himno de triunfo

 que mi alma oía silenciosamente y que entonaba una y otra vez, sintetizando la compleja enseñanza

que esta manifestación de luz estaba impartiendome.

 María Eloheinu, María completamente Cristica,

 pero también humana como yo:

 María: una con nosotros, una con Dios.

  Después de la completa floración de su cuerpo Zohar de luz

 que iluminaba toda la iglesia,

 el cuerpo de María apareció como si estuviera contenido en un centelleante pilar de luz:

Layooesh Shekinah.

 Este pilar, este tubo de luz era de una efervescente radiación.

 Titilaba con relucientes vibraciones de luz celeste,

 en una aceleración de frecuencias

 y una electrificación de la materia.

 Cortinas de luz descendíeron sobre María,

 mientras sus alas  arcángelicales

 inundaban  el espacio de la pequena capilla.

 Tres caras triangulares y holográficas de cristal y oro

E l o h i m

 descendieron dentro del tubo de centelleante Stralim.

 María ya no era solo humana sino plenamente

parecida a Dios: divina.

Coros interiores cantaban dentro de mi alma.

Silencio infinito e inmovilidad

me suspendieron en un intemporal momento

 de duración desconocida.

 Entonces me di cuenta que ambas amigas

 se habían postrado en el piso, en profunda oración,

 tanta era la energía de la presencia divina que sentían.

 Ellas no vieron lo que yo vi, pero sintieron

 la profunda santidad de esta experiencia iniciática.

 Después de la manifestación de luz, mis amigas se levantaron

 y caminamos a través de la iglesia.

 Cuando salimos al patio de la entrada, Tim hablaba con un sacerdote.

 El sacerdote le explicaba

que ésta no era la iglesia cóptica de Santa María,

donde habían sucedido las apariciones, sino la iglesia latina

 de un Hospital de los monjes Silecianos del sur de Francia.

 La iglesia cóptica, como el sacerdote explicaba,

 también llamada de Santa María,

quedaba a cuatro cuadras.

Desde luego, también fuimos allá.

Mi alma, sin embargo,  sabía cuán apropiado

 había sido que tal encuentro con el espíritu

me sucediera en una capilla católica

 porque yo había crecido como devota católica en Colombia;

y también con profundas raíces en el sur de Francia.

 La visión fue para mí, una profunda bendición,

 comprensión del significado completo de la vida.

De roca a humano, de vida humano a la vida divina,

es este el ascenso del espíritu.

 Muchos grandes artistas del mundo occidental

 han descrito visiones como la que yo tuve en Zeitoun.

 Yo quiero trasmitir esta historia desde un espacio

 de reverente devoción, para que el pleno esplendor

de nuestra vida humana se recupere

 y se transmita a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos,

 y la tierra nuevamente regrese a la comunidad del cielo.

 Es interesante comentar que cuando regresé de Egipto,

vi una fotografía del interior de la iglesia.

 En esa foto, tomada durante nuestra visita,

 la estatua no está en el lugar donde la vi,

 sino en uno de los nichos de la bóveda detrás del altar,

 un lugar más lógico para estar una estatua.

Por eso digo que no fue que la estatua de María

se volviera carne y luego luz, delante de mis ojos,

 sino que más bien, una proyección holográfica tridimensional

 fue percibida por mi mente en un elevado momento de agudeza.

 De manera parecida a como aparece la fotografía tridimensional.

 Yo fui una cámara que plenamente capturó la “realidad”

 de un santo instante en ese lugar sagrado.

Mi visión fue más real que la realidad ordinaria.

 Mi realidad subjetiva, mi percepción visual, mi sueño despierto, convocaron a María a un lugar de honor.

 Mi vista la vio en el esplendor holográfico de la tercera dimensión, cuando llegué llena de amor a visitarla.

 Indudablemente yo vi a María ¿Sino para qué existen las estatuas?

¿No es éste, precisamente su propósito?

¿No es este tipo de percepción lo que

fue acostumbrado en tiempos pasados?

¿Revertí a formas antiquadas para percibir el mundo?

¿Volví a una forma de conocimiento hoy descartado

 por nuestra mente evolucionada?

 ¿a una mente antigua bicameral?

¿Cuándo el templo, la estatua y la persona

 plenamente comulgan en  amor?

 ¿No es el corazón, lo femenino y la naturaleza emocional

a la manera de María, lo que el hombre moderno debe recuperar?

 Creo que el resultado final de la evolución humana

 requiere la conciente reintegración

 de antiguas modalidades perceptivas.

 Mi realidad subjetiva es válida, de hecho más válida

que las cámaras mecánicas.

  Si,  fui clarividente.  Tuve una visión angélica.

 Una visitacion de Maria.  Una gran bendicion.

  Sé que no solamente yo, sino  también María

(gran misterio de la vida)

 tomó parte en esta manifestación gestalt.

 Ella es el arquetipo femenino perfectamente codificado

 en nuestra pshyque humana.

 En diferentes tiempos y lugares, a lo supremo femenino le damos diferentes nombres: Kwan – yin, Isis, Shakti, Tara.

 El Femenino Supremo existe y en nuestros tiempos históricos,

 fue la Madre de Cristo.

 Ella existe, tanto ahora como antes.

 Nuestro universo de átomos y galaxias

 es un universo humano y personalizado.

 Nosotros no somos realidad despersonalizada,

 materia inanimada donde los dioses no hablan.

 Eso solamente es la confusión de los científicos no-místicos,

 separados de la mente mítica.

Les envío amor para que ellos también puedan encontrar a María.

 Ellos son medio-humanos,

 viven con mentes divorciadas del corazón.

Ellos, sean hombres o mujeres, hasta ahora

no han encontrado su lado femenino,

no han descubierto su propia identidad,

 ellos no conocen sus nombres. El nombre de Dios!

Nuestro universo humano está precisamente

 construido sobre el sagrado e inalienable

 derecho a la identidad, sobre el misterio del ser.

 “Ehyeh Asher Ehyeh   ( “Yo Soy el que Soy.”) 

Indudablemente María me visitó a mí y a todos nosotros.

 Todos los seres humanos sueñan de noche,

pero solamente los grandes videntes, artistas y místicos

 experimentan el sueño de los completamente despiertos.

 La externalización de nuestro sueño humano a través

 de canales individuales es la verdadera dinámica de la historia.

 No solamente Moisés, sino tambien muchos grandes seres

 a través de la historia humana han entrado en la presencia

de “Yo Soy el que Soy” o  “Yo Seré el que  Seré,”

 el Fundamento del Ser, Dios.

 La luz sobrenatural que yo, despierta, experimenté en Zeitoun,

 es la esencia y fuente de este opaco, temporal

y perecedero mundo material.

El velo, el maya, el lila. 

Esa luz es María, materia santificada, materia madre, madre divina.

 El retorno a nuestro hogar.

 Nuestra ascensión.

En mí despierta visión o aparición,

 yo era un portal hacia la eternidad, estáticamente trasfigurada, completamente conciente en comunión con María.

Este importante momento no era alucinación patológica.

 Mi percepción subjetiva es un hecho más válido que la realidad objetiva de la estatua, permaneciendo en su nicho.

Esta experiencia fue para mí un encuentro con la divinidad en ese momento de amor total, de plena respuesta al llamado de María, cuando mi naturaleza vulnerable,

emocional y humana, mi amor infantil, mi lado femenino,

 me permitieron ver, tridimensionalmente más allá

 del maya de la vida terrena.

Yo presencié una realidad trascendente.

 El amor de María sólo puede anclarse en la tierra,

a través de canales humanos receptivos.

 Por eso, ella me llamó y nos llama a cada uno de nosotros,

 porque todos necesitamos abrir nuestro corazón.

 La santidad de aquel momento de despertar plenamente,

 transformó mi vida.

 Yo presencié el misterio redentor

 de la transubstanciadora fuerza del espíritu.

Eso fue mi sueño–despertar, mi recordacion.

 Reciví una aceleración y activación, una “individuación” que permanece conmigo hasta ahora,

trece años después.

Experimenté una transubstanciación de mi ser físico,

 una bendición.

 En momentos de inmovilidad, las energías

que vi externalizadas en María, recorren mi cuerpo

y vuelven a despertar mi alma.

 Sé que la luz de luces está en nosotros. 

Deva es la palabra–raíz para la divinidad, nuestra Luz interior.